Un día de verano

 


Tras la oscuridad, rompe el día sin avisar, una mañana de verano. Se despereza, estira los brazos y bostezando se frota los ojos. El mundo se abre ante él, en ese pequeño pueblo en pleno Montes Torozos. Desayuna con sus padres, que le dicen lo que, cuando salga, debe hacer y como debe comportarse. Su padre le mira muy serio: tuyo será el criterio pero sigue nuestros consejos y procura portarte bien. Por el momento él no escucha, mientras devora un pastel con un poquito de miel con el que aplaca su gusa. Corre sin mirar atrás a coger la bicicleta que le espera tirada en la calle. Pedalea hasta la plaza donde sus amigos le esperan: Juan, Verónica, Ana, Rafa... Entre chistes y anécdotas, mientras se cuentan lo que hicieron ayer, a la piscina deciden ir corriendo en tropel. Algo que de camino escucha le hace romper en carcajadas que casi le hacen caer. Despreocupado pedalea, el sol calienta su piel. Se siente seguro, invencible. Todo lo cree saber. Todo menos una cosa: ¿le gustará a Maribel?

Allí está en su toalla. Bajo un árbol ella se explaya, ojalá que sobre él. Para impresionarla se tira al agua resuelto, sin pensarlo ni un momento. Lo único que le preocupa es que su Maribel, deslumbrada, le cubra de amorosas alabanzas por su sorprendente talento. Se pavonea en el agua, nadando sin parar: a croll, a mariposa, a braza... pero Ella está a sus cosas y parece que de él pasa. Con sus amigas charla ajena a la demostración que su donjuán piscinero hace de natación. Decepcionado, se tumba a tomar el sol. Sus amigos le consuelan pues ya habrá otra ocasión. Tras pasar los ratos muertos cazando inútilmente gamusinos, alguien del grupo sugiere ir a tomarse unos vinos. 

Antes también el Mesón, ahora solo Los Castillos. Sentados alrededor de una mesa, con todos a los que quiere, con un refresco comienza. A la segunda, una cerveza fresca, a la tercera, un verdejo y quizá de compañero, el sempiterno torrezno con un ribera del Duero. Alza la copa ufano: un brindis por lo que fuimos, un brindis por lo que seremos. Otro por lo que soñamos, otro por lo que queremos... Así transcurren las horas, un suspiro entre el centeno, escapándose entre los dedos como pétalos de amapola. Sus padres se marchan primero. Los otros se quedan un poco más, hasta que la luz rojiza en el cielo anuncia la huida rastrera de un sol crepuscular.

Se levanta de la mesa, con una rodilla molesta. Es hora de caminar. Un sereno paseo al Cristo, a la fresca, es todo lo que va a necesitar. Al principio parece sencillo, pero al cansancio de sus piernas, se le empieza a sumar el frío. La noche enseñorea los cielos con sus estrellas brillantes, mientras recorre el camino, junto a los campos de trigo. Llega al fin a la capilla. Más allá, solo negrura. Más allá, solo amargura. Y mira hacia atrás, hacia el pueblo: luminoso, tremendamente bello, con el castillo imponente, el orgullo de sus gentes, aguantando desafiante todas las dificultades de un clima inclemente. A lo lejos resuenan los ecos sordos de las fiestas en la que toros y jóvenes, indistinguibles, recorren veloces sus calles. No tiene fuerzas para volver. Debería sentirse mal pero lo acepta. Desde que el mundo es mundo, el tiempo no es más que uno. Está por ver lo que venga. Pero aun así se lamenta: lejos queda la mañana, con sus risas, su jarana, sus sueños, sus esperanzas, su alegría y su pesar. Cierra los ojos lentamente. Ojalá volver a empezar...

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