Man vs Fly

Grandes rivalidades jalonan la historia de la humanidad: Roma contra Cartago, saduceos contra fariseos, la casa de York contra la casa de Lancaster, tigres contra leones, Pikachu contra Mewtwo... Pero si hay una rivalidad que ha afectado, afecta y afectará al ser humano es su encarnizada lucha contra las moscas en los vermús estivales.

Es acercarse el verano, las ganas de estar en la calle, yantar y pimplar bajo el sol abrasador y la fresca brisa que consigue domarlo, y aparecer esos pequeños demonios zumbadores dispuestos a darse un reconfortante baño en la cerveza fresca, bebida por la que tienen predilección, y posar sus hacendosas y poco higiénicas patas sobre los torreznos, las olivas o las patatillas con las que se amortigua el efecto del alcohol. Se hace imprescindible para el veraneante, circunstancial o profesional, hacerse con un instrumento terrible de cuyas historias se zumba de enjambre en enjambre: el matamoscas, un arma sencilla para tiempos más nobles en los que no existía la amenaza química, y que en manos duchas puede provocar más daño que un cubata de garrafón a las 4 de la mañana.

Así, no hay vermú en ningun patio de la piel de toro en que a los aperitivos y los refrescos, no acompañe el fiel matamoscas, que convierte el despejar los cielos de insectos en un rito cotidiano y adictivo como el comer pipas. Y tan necesario para el disfrute del verano como la crema solar o el abanico.



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