Mi padre es mi castillo

Turista improvisado, cierto día llegó caminando a la linde de Torrelobatón, siendo una imponente torre lo primero que del mismo vio. Continuó caminando hasta adentrarse en el pequeño pueblo y se topó con una joven que descansaba a la vera del camino.

Para romper el hielo e iniciar conversación, le pidió que le contara algo sobre el castillo. En lugar de aturullarlo con fechas, batallas y nombres aburridos, le hablaría de su padre, muy seria se lo dijo mientras clavaba la vista en el cielo infinito.

Desde que tuve uso de razón, comenzó, estuvo ahí conmigo. Rodeados de sus fuertes brazos siempre nos hizo sentir seguros. Lo recuerdo trabajando duro, a veces de lunes a domingo, siempre de punta en blanco, siempre en el vermú un buen vino.

Ayudando cuando lo necesitaban sus vecinos, sus puertas abiertas para todos, amigo de sus amigos, amante de las tradiciones, el paloteo, el Mayo, los quintos...

Al cobijo de su sombra vivimos, con su apoyo bien crecimos. Ahora que ya no está, cuando le echo de menos, echo un vistazo al castillo y le siento aquí conmigo.

Podrás preguntarle por aquí a cualquiera: hijo, nieto, tío o sobrino, que no me cabe duda de que todos te dirían lo mismo. Que el castillo es lo que somos, que el castillo es lo que fuimos, que mi padre, refugio en la tormenta, hogar en el desastre, un baluarte seguro, que mi padre... mi padre es mi castillo.

Una lágrima surcó su rostro encendido y el visitante, encandilado, quedó a sus pies rendido. Y desde aquel día en la vera del camino, en ese pequeño pueblo de centenario castillo, estableció su hogar y ya no se ha ido.

Breve aportación, que no llegué a terminar a tiempo, para el concurso de relatos de la Asociación del Castillo. El relato llegó demasiado tarde. La idea, demasiado pronto.



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